lunes, 15 de diciembre de 2008

Pues a lo mejor la transición no fue tan buena, oiga

El siguiente artículo lo publicó José Javier Esparza en la revista El Manifiesto hace un año y medio, con motivo del 30 aniversario de las primeras elecciones (15 de junio de 1977) desde la II República. El texto no tiene desperdicio y creo que es de obligada lectura para quienes consideran que la Transición fue “modélica”. Espero que os guste.



¿Y no hay algo como sentimental y nostálgico en esta perpetua añoranza de los tiempos de la Transición, en esta evocación sensiblera y emotiva de “aquellos maravillosos años”? El país entero se ha volcado en la conmemoración del trigésimo aniversario de las elecciones de 1977. A falta de contenidos políticos, lo que hemos visto es cómo los cincuentones y sesentones entonan el “éramos tan jóvenes”. Un buen momento para pisar unos cuantos callos. La transición fue lo que fue, pero hoy estamos donde estamos. Y buena parte de la culpa la tiene, precisamente, aquella transición.


Sí, claro, siempre es mejor votar que no poder hacerlo, siempre es mejor tener la posibilidad de manifestarte que pelearte con los guardias, siempre es mejor poder escribir con un cierto grado de libertad –aunque sea arriesgándote al silencio- que no poder escribir en absoluto. Pero no se trata de eso. Ya no. Han pasado treinta años desde aquellas elecciones del 77 que tanto emocionan hoy a la “España Cuéntame”. Treinta años son muchísimos. Y en todo ese periodo, la acumulación de las cosas que han funcionado mal (o no han funcionado de ninguna manera) ha alcanzado dimensiones extraordinarias. Tanto, que ha bastado que un irresponsable eche un petardo en la pista para que todo el sistema se hunda en un mar de confusión.


La transición tabú

Un rasgo característico de la España de la transición ha sido el silencio; el silencio sobre todo aquello que no había que tocar para no “comprometer”. A lo largo de todo este tiempo ha habido una especie de “efecto tabú” sobre los fundamentos de la transición, una especie de papanatismo seudorreligioso que vetaba poner en cuestión sus principios so riesgo de ex comunión pública. Ese tabú tenía por objeto proteger al sistema, ponerlo al abrigo de críticas “involucionistas”, pero el resultado ha terminado siendo letal para el propio sistema.


No se podía proponer la reforma de la Constitución para no “fragilizarla”, pero el resultado ha sido que hoy estamos asistiendo a un proceso de alteración constitucional por la vía de los hechos, a través de la reforma de los estatutos de autonomía, sin que las instituciones del Estado estén en condiciones de detenerla.


No se podía hablar de la función moderadora del Rey para no “desestabilizar” la jefatura del Estado, pero el resultado es que hoy el Estado carece de otra dirección que no sea el capricho de la mayoría gubernamental.


No se podía reprobar la hegemonía nacionalista en Cataluña y el País Vasco para no fomentar tensiones en el Estado de las Autonomías, pero el resultado es que hoy el Estado de las Autonomías va camino de convertirse en una suerte de neocaciquismo confederal bajo las tensiones creadas por los partidos nacionalistas.


No se podía criticar la ley electoral porque eso ponía en riesgo la democracia, pero el resultado es que hoy quienes deciden las mayorías en las Cortes son los pequeños grupos –especialmente, los nacionalistas periféricos- y media España está gobernada por coaliciones de partidos perdedores; situaciones ambas muy poco democráticas.


No se podía poner en cuestión la injerencia de los partidos políticos en todos los terrenos de la vida pública, desde la Justicia a los canales públicos de televisión, porque eso sería debilitar la base de la representación ciudadana, pero el resultado es que los partidos han terminado ocupando todo el campo, en perjuicio de unos ciudadanos que cada vez se sienten menos representados.


Podríamos multiplicar por cien los ejemplos de cosas que no se han podido decir porque eran “malas” para la democracia. El resultado de ese silencio forzoso ha sido, en todos los casos, la implantación de una democracia menor, de segundo rango, una “mala” democracia.


El verdadero espíritu de la transición

La transición se construyó sobre unos pactos de supervivencia que a la larga han tenido, sobre todo, dos beneficiarios: la Corona y los nacionalismos periféricos. La Corona fue un empeño personal de Francisco Franco, que nunca pensó en otra cosa que en devolver la monarquía a España después de un periodo de estabilización económica y social. En la mentalidad del general, puede entenderse. Y la Corona, por su parte, nunca pensó en otra cosa que en evitar el destino que padeció en el pasado: la derrota y el destierro. Para evitar nuevas derrotas y nuevos destierros, la Corona creyó que por encima de todo debía ganarse a sus enemigos históricos: la izquierda y los separatismos. La fidelidad del franquismo sociológico se daba por supuesta; eran los otros los que debían ser integrados en el sistema. Y a lograr el milagro se emplearon las estructuras del Estado, es decir, el sistema de poder que había legado Franco.


Hablemos un poco de esas estructuras, de ese gran aparato que Franco –o, más bien, el franquismo- dejó en herencia. Es altamente improbable que Franco pensara seriamente en perpetuar su sistema. Quienes proyectaron un Estado de leyes fundamentales capaz de sobrevivir al dictador, como aquella arquitectura ideada por López Rodó y Fernández de la Mora, se encontraron con que el propio sistema no hizo el menor esfuerzo por darle vida. Nunca funcionó eficazmente, por ejemplo, el método de la democracia orgánica. Inversamente, lo que se desarrollaba era una estructura estatal que parecía persuadida de poder combinar las típicas libertades burguesas, en régimen controlado, con la verticalidad de un sistema autoritario. En la base de esa estructura crecía un ancho aparato de burócratas del poder nominalmente adscritos al Movimiento Nacional pero en realidad ajenos a toda ideología falangista: los “azules”, que es como se llamaba a Suárez, Martín Villa, Rosón, etc. Cuando ETA –sola o en compañía de otros- mató a la única persona capaz de prolongar el Estado del 18 de julio, que era el almirante Carrero Blanco, la reacción del régimen no fue sino la de un enroque sobre lo peor de sí mismo: Arias Navarro y el búnker del franquismo, esto es, un círculo que no tenía un proyecto de Estado, sino tan sólo un proyecto de poder. Desbancar al búnker era fácil con una sola condición: que pudiera operarse un relevo inmediato por una nueva elite de poder nacida del propio franquismo. Esos fueron los “azules”.


Los azules no tuvieran nunca un proyecto de Estado; lo suyo también era el proyecto de poder. Pero fueron capaces, eso sí, de alumbrar un “proyecto de sistema”. Ese sistema fue el que se edificó al compás de la transición: un sistema que entroncaría con la legitimidad anterior, pues sería monárquico, y que gustaría a los poderes internacionales, pues sería democrático. La Corona, los azules y los poderes internacionales conforman el núcleo básico de la transición. Un núcleo inicialmente muy denso, pues era emanación directa del franquismo, esto es, de un poder en presencia. Pero cuya función iba a consistir en abrirse, en perder densidad para integrar a aquellas fuerzas que, según se temía entonces, podían hacer saltar el proyecto. Esas fuerzas eran la izquierda y los separatistas.


Todo el sistema de consenso que nace de aquellos años, en realidad meses, puede definirse como un reparto de poder; si no formal, sí desde luego en la práctica de los hechos. A la derecha que provenía del franquismo se le respetó su poder económico, que aún tardaría unos años en extenderse a una nueva elite de ricos de izquierda (pero, en general, hijos de franquistas a su vez). A la izquierda, súbitamente multiplicada con la aparición de una joven izquierda autóctona, se le entregó descaradamente la cultura, la educación, buen número de medios de comunicación, en definitiva, la formación de las conciencias. A los nacionalistas periféricos, por su parte, se les concedió de hecho la hegemonía perpetua en sus territorios. La Constitución sancionó el reparto en una operación que teóricamente cerraba el proceso, pero que, en realidad, lo dejaba abierto, para que cada una de las fuerzas en presencia jugara su propio juego.


Es posible pensar que en aquellos años no había mejor forma de garantizar un sistema democrático estable. Aceptémoslo como reflexión piadosa. En todo caso, hoy no estamos ya en aquellos años. Hoy España es completamente diferente. En consecuencia, no tiene sentido prolongar una arquitectura del poder que ya no lleva a ningún sitio sino a la disolución, que es lo que estamos viviendo hoy.


Hoy hemos visto que todos quieren ser herederos de “aquellos maravillosos años”. Es una forma como cualquier otra de cerrar los ojos ante lo que tenemos delante. Pero seguramente hay otra España que lo que quiere es algo distinto: fabricar sus propios años maravillosos, que no estarán en el pasado, sino en el presente y en el futuro.

7 comentarios:

Caballero ZP dijo...

Nos dices que “es mejor votar que no poder hacerlo”, bueno creo que en la “democracia” que vivimos es prácticamente lo mismo. Con nuestra vigente ley electoral en la que las minorías son las que gobiernan, creo que me da igual que me dejen votar.
Saludos

Republica Rojigualda dijo...

No lo digo yo, lo dice J.J. Esparza.

El problema de nuestra ley electoral de circunscripciones provinciales es que los nazi-onanistas están sobrerrepresentados y los pequeños partidos nacionales infrarrepresentados. Pero incluso si tuviéramos una ley electoral con circunscripción única, que repartiera los escaños en proporción a los votos obtenidos a nivel nacional, el chantaje nazi-onanista sería menor, aunque seguiría siendo posible que quien haya ganado unas elecciones con mayoría simple, pueda quedarse sin gobernar gracias a que los perdedores han hecho pactos post-electorales. Y de esto último no tiene culpa la ley electoral, sino el sistema parlamentario. Si en vez de un régimen parlamentario, tuviéramos uno presidencialista, donde los ciudadanos eligen directamente al presidente, nada de esto pasaría. Pero claro, el presidencialismo es incompatible con la monarquía, porque implica además que el jefe del estado y el del gobierno son la misma persona.

Oroel dijo...

"A la izquierda se le entregó descaradamente la cultura, la educación, buen número de medios de comunicación, en definitiva, la formación de las conciencias".

Parece mentira que treinta años más tarde, la derecha todavía no se haya percatado de aquel inmenso error y no se aplique a corregirlo con todas sus fuerzas. Porque allí es donde se está jugando la batalla... Y el futuro.

Aguador dijo...

Amigo RR y amigos todos:

Estupendo artículo de Esparza y... bueno, léase mi primer post con las debidas correcciones del presente artículo, jeje.

Al hilo de todo lo que se dice, planteo una cuestión: ¿no os parece que estamos viviendo una especie de "Segunda Restauración"? Porque a mí todo lo que ocurre me suena a conocido, sobre todo en cuanto a la estructura del Estado. Con una única diferencia: que la "primera" Restauración nos trajo el Código Civil y la segunda... los "derechos" de los monos y otros presuntos derechos, como el derecho a "no nacer" y otros similares...

Cierto que la Historia no se repite de la misma manera, ¿pero de verdad no encontrais similitudes entre una época y otra?

Saludos,
Aguador

Republica Rojigualda dijo...

Tienes mucha razón, Aguador. Lo que vivimos se puede llamar Restauración 2.0. La historia de España es en gran medida previsible. Siempre hay una monarquía que corona un limitado régimen de libertades (que no democracia) que acaba yéndose al traste por sus vicios innatos y los borboneos del monarca. Y acaba llegando la república traída por la derecha, que se siente avergonzada por haber apoyado un régimen corrupto y deja todo el protagonismo a la izquierda, que hace naufragar la república. Así fue con Isabel II y Alfonso XIII, y la primera parte (régimen fracasado y borboneos) se está cumpliendo con JC, falta ver si en la segunda parte habrá una tercera (república española) o si desaparecemos como estado-nación, que es el peligro que distingue al régimen juancarlista del alfonsino y el isabelino.

Luis Alberto dijo...

El cáncer de la sociedad terminal española en la que a duras penas sobrevivimos asfixiados, explotados y expoliados, ya está presto para desarrollar su funesta acción sobre las clases medias que en definitiva son las que soportan la mayor carga fiscal de un sistema expoliador al que hay que poner fin ya mismo. Pero no solo las clases medias viven aterrorizadas por la actualidad lacerante cargada de malas noticias con constantes expolios del presupuesto público. Las clases obreras han quedado huérfanas de los sindicatos que otrora fueron sus adalides –o eso querían aparentar- en la defensa de sus intereses de clase.

Se impone la cruda realidad y este sistema pseudo-democrático de 1978 no va a ser capaz de seguir a flote tras haber sido torpedeado en su línea de flotación por la premeditada y pertinaz acción corrosiva y vampirista de los nacionalismos trasnochados. El invento de la transición ha demostrado su utilidad tras 30 años de erosión y deterioro. Urge un nuevo de estado pues el que a dura penas nos sostiene está agotado en sí mismo y no revierte futuro ni tan siquiera para aquéllos quienes los pergeñaron con el ánimo contentar a todos, nacionalistas y no nacionalistas.

javier dijo...

Acabo de conocer por un amigo que surfea la red un partido político que interesa.

Se llama higienedemocratica.es y se nutre de ciudadanos con el único fin de acabar con todos los abusos que los políticos han hecho durante toda la democracia.
Habla de Justicia, Despilfarro, Autonomías, Sindicatos...

Vamos, todo lo que haríamos todos nosotros.

Pueden contar conmigo